Anoche, no recuerdo un momento exacto pero fueron varios, sentí el grito de un pájaro que no pude reconocer. No era una cotorra ni un zorzal ni una calandria, que son nuestros habituales compañeros de la naturaleza que nos hacen felices.
Era de noche, abrí varias veces las ventanas y los postigones pero no pude averiguar que era ni de donde venía el sonido. No volví a escucharlo y finalmente nos acostamos.
A la mañana, como hago casi siempre, mientras preparo el desayuno para nosotros, salí a caminar por el jardín, era una mañana preciosa, luminosa, con un aire fresco y límpido. Al acercarme a la pileta vi flotar algo, un pájaro que flotaba, muerto. Me acerque y vi que era un tero, ¡Cómo no me di cuenta anoche! Era él pidiendo auxilio al sentir que se estaba ahogando. ¡Que pena que me dió y me da todavía! Podría haberlo salvado si hubiera sido un poco mas ¿"atento"? ¿solidario? No encuentro la palabra para nombrar la actitud. Pobre tero.
lunes, 21 de marzo de 2011
jueves, 17 de marzo de 2011
Rojas
I
Dormía intranquilo, lo preocupaba ese sonido de motor que aceleraba y desaceleraba alternativamente. “¡Carajo, me quedé dormido!”, exclamó al suponer que provenía del camión que estaba tratando de salir del barro. Y él tendría que estar allí.
Ayer el camión de hacienda se había encajado hasta los ejes en la manga del cuadro chico y no hubo esfuerzo ni puteada que lograra sacarlo de allí. Él con sus peones sudaron como animales palanqueando con maderas y tirando con el tractor pero no hubo caso y, al anochecer, ya nadie tuvo resto como para seguir. Le había prometido al chofer que apenas clareara volverían a ayudarlo.
La Antonia se había enojado mucho al verlo llegar tan cansado y colorado como un tomate; muy seria le dijo: “Rojas, ‘usté’ ya no está para esos trotes”. -y agregó-: “Cuando venga la hija le voy a pedir a ella que también se lo diga, a ver si lo entiende de una buena vez”. Y tenía razón, con sus sesenta, ampliados por la dura vida de campo, la ginebra y algunas rodadas causadas por ella, cuando hacía un trabajo pesado, se agitaba mucho y el corazón quería escapársele por la boca. Pero al final después de rigorearlo la Antonia se había ablandado y le había hecho comida nueva en vez de recalentarle un guiso, y hasta lo había mimado llevándole una tisana a la cama.
Cuando abrió los ojos vio que estaba totalmente oscuro y, además, comprendió que los sonoros ronquidos de la Antonia lo habían confundido, que aparte de eso, reinaba la más absoluta calma y que era muy temprano. De todas maneras no tenía sueño y decidió levantarse. Bajó de la cama sintiéndose extrañamente liviano y ágil, en la oscuridad no acertó con las alpargatas así que se quedó descalzo y tanteando las paredes y muebles salió del dormitorio sin hacer ruido. En la cocina buscó el mate. No tuvo suerte, no estaba por allí, y como no había más cuartos en el rancho, salió. Ahora sí lo encontró, estaba junto a la pava bajo el alero donde acostumbran sentarse con su mujer al final del día para ver el atardecer. Sombra, Capitán y Mancha sintieron su presencia y con pereza levantaron sus cabezas, lo miraron con total indiferencia y luego de estirarse y bostezar volvieron a lo suyo. Ya comenzaba a amanecer. Recostándose contra uno de los pilares de la galería, recorrió muy lentamente con su vista el horizonte. Se sorprendió de la cantidad de cosas que seguramente siempre estuvieron y hoy eran nuevas para él. Así fue como a pesar de la distancia vio nítidamente a su fiel Malacara que pastaba detrás del alambrado, “Ya te voy a ir a buscar” -le dijo como si pudiera escucharlo.
El grito desgarrador que escuchó a sus espaldas lo convirtió en piedra por unos segundos. Cuando pudo reaccionar corrió hacia el dormitorio y desde el marco de la puerta pudo ver a la Antonia, que mientras seguía gritando lo zamarreaba en la cama.
II
Decidió no quedarse a su velorio y menos a su entierro, nunca había sabido dónde meterse en esas ocasiones; no quería ver sufrir a los que lo querían, ni tampoco sufrir una decepción por alguno que sólo lo dijera.
Se quiso arreglar, recordó las pilchas que más le habían gustado y, aunque algunas eran de cuando era pibe, le quedaron bien. Sintiéndose conforme salió a la galería. Se paró delante de la Antonia que, inmovil, con los brazos bajos y las manos entrelazadas, miraba hacia donde él lo había hecho hacía muy poco. Preocupado se preguntó: “¿Quién la cuidará ahora?”, y para tranquilizarse, ya que obviamente no tenía opciones, se contestó: “La Antonia es fuerte y capaz, tal vez los patrones, que la consideran, se la lleven para servir en la casa y allí va a estar bien”, y: “Los hijos de los patrones la quieren mucho y también me la van a cuidar”.
La miró de frente y vio en sus ojos ese brillo que lo había conmovido cuando era muchacho y sin poder ni querer frenarse, la abrazó fuertemente y la besó. A ella se le trabucó la respiración y enseguida lanzó un profundo y largo suspiro sin quitar la vista del horizonte. Rojas no quiso ver más, con decisión dio media vuelta y partió.
Caminó sin parar y sin saber a dónde, pero no le preocupaba, confiaba en esa voluntad que lo impulsaba; la urgencia y la inquietud que generalmente lo acompañaban no estaban presentes. Anduvo mucho tiempo a través del campo, por terrenos conocidos y desconocidos. No se cruzó con nadie ni por allí, ni cuando llegó al pueblo después del mediodía. Al ver las calles de tierra desoladas recordó con humor que con razón dicen que los pueblos del interior parecen muertos a la hora de la siesta. Pasó con cierta nostalgia por lugares a los cuales iba con frecuencia, donde se encontraba con gente amiga de años: el boliche, el almacén de ramos generales, la ferretería, la talabartería, la tienda “Blanco y Negro” donde se abastecía de bombachas y alpargatas, y también de alguna ropa para compadrear. Cuando llegó al final de la calle principal se encontró de frente con la escuelita de su niñez, entonces comprendió que su caminata no era sin rumbo, estaba deshaciendo el camino.
Habiendo comprendido el sentido de su andar, tomó sin dudarlo el sendero que recorría en tiempos lejanos hasta su casa paterna con su valijita llena de cuadernos y lápices. Era un camino largo pero lo disfrutó tanto como entonces. Caminaba poseído por una sensación de calma y de profunda sensibilidad para captar los más mínimos detalles que lo rodeaban: los distintos follajes de los árboles, la variedad de arbustos, las diferentes especies de pájaros que revoloteaban a su alrededor, los montes y casas lejanos que ahora le parecían más lindos y coloridos.
Desde lejos reconoció la avenida de eucaliptos que llevaba al casco de la vieja estancia y después al puesto donde se había criado, pero no quiso llegar hasta allí. No encontraría a sus padres. Hacía mucho que no estaban. Prefirió ir a la laguna adonde se escapaba las siestas para tirarle hondazos a los patos y gallaretas. Cuando llegó al borde ya estaba bastante oscuro y rindiéndose al cansancio, que antes no había sentido, se acostó. Se quedó mirando el cielo y notó como éste, al ennegrecerse iba haciendo aparecer más y más estrellas, tantas como nunca había visto. El tiempo fue pasando y Rojas descubrió que cada vez lo acompañaban más cosas: el mugido de las vacas, lejanos relinchos, el rechinar de las aspas del molino, el croar de las ranas. Sintió que se estaba yendo en ellos: en el viento, en la humedad de la tierra, en el olor del pasto. Cada una de esas cosas se estaba quedando con algo de él, estaba volviendo a Dios.
Y así se nos fue don Rojas.
Martín
sep/oct. 2006
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