Son las ocho de la mañana de un domingo de invierno y me estoy atando con cuatro correas al asiento del planeador -una simple tabla de terciado con forma de silla de colegio-. Llevo encima todo el abrigo que encontré en mi casa ya que no tiene cabina y eso significa volar “al exterior”. A pesar de los guantes tengo las manos agarrotadas porque en esa época, en Azul, hace mucho frío. Todo es gris, el pasto de la pista está escarchado, me siento solo y ni siquiera me acompaña el tradicional canto de los chimangos y teros que seguramente esperan que suba el sol.
Pero no estoy totalmente solo, un compañero de curso sostiene la punta del ala para mantenerme en equilibrio y más allá, el Vasco, sentado en la caja de la camioneta vigila la operación y está listo para dar instrucciones. Coloco mis pies sobre los pedales y tomo con mi mano derecha la barra de dirección. Tal como mi instructor me enseñó, muevo todos los controles para verificar si funcionan bien mientras enganchan al fuselaje el extremo del cable con que me remolcarán.
Sin pedir permiso, irrumpe en mi cabeza el recuerdo de anoche que casi me hace no venir. Esa fiesta, mi primera fiesta de quince en la que nuestras amigas, unas estúpidas, se encandilaron con esos cancheros, mayores que nosotros, venidos de Buenos Aires. ¡Qué mal nos sentimos!, hicimos el triste papel de lugareños desplazados, olvidados y humillados, y no pudimos o no supimos reaccionar ante esa traición.
Sorprendido por un tirón, vuelvo al campo de aviación y a mi lección de hoy; el cable se ha tensado y la camioneta empieza a arrastrarme como a un barrilete a lo largo de la pista para subirme a 200 metros.
Llevado a toda velocidad, el patín metálico del avión me transmite, sin amortiguarlas, todas las irregularidades del terreno. Voy saltando como en un carro de lechero que corre por una calle empedrada hasta que, de pronto, me separo del suelo. La vibración y el ruido desaparecen y son reemplazados por una serenidad desconocida para los que solo caminan. Sólo se escucha el sonido del viento a través de la estructura y el de los cables tensores que sostienen las alas. El viento frío hace que se me nublen los ojos y ya no siento más las orejas.
Estoy subiendo en un ángulo empinadísimo y debo inclinar mi cuerpo retorciéndome entre el correaje para ver al Vasco que desde allá abajo me dará las imprescindibles órdenes. Lo miro todo el tiempo mientras conduzco por instinto hasta que, revoleando con su brazo un banderín, me envía la primera: cortar mi conexión con la camioneta; nivelo el planeador en vuelo horizontal, tiro de la soguita que desprende el cable y lo dejo caer en rulos hasta que lo pierdo de vista.
Ahora sí que estoy verdaderamente solo, he cortado mi cordón con la guía y protección de allá abajo. ¡Qué alto estoy! Todo se ha empequeñecido: los árboles, el arroyo, las vacas, las calles de tierra y los hangares. El suelo parece una superficie tersa bien distinta de la real, su textura se suaviza con la altura. Parece que sucede así con todas las cosas, a la distancia cambian, toman otro valor. Es lo de siempre pero desde otra perspectiva. Levanto la mirada, estimulado por este nuevo don hasta que algo nunca visto me conmueve: en el horizonte aparecen unas ondulaciones, ¡las sierras!, nunca las había visto, ¡qué emoción siento!, qué sensación de superioridad, de ser actor de algo único, excluyente, egoísta; ¡qué ganas de que no termine!, de que el planeador no baje como lo va haciendo inexorablemente, de vuelta a la tierra, a las experiencias de todos los días, a la visión limitada. ¡Qué sublime sentimiento de que no hay nada más importante que el presente!
Empiezo a experimentar, inclino un ala con la palanca mientras piso el pedal izquierdo y entonces giro hacia ese lado, repito la maniobra a la inversa y voy hacia la derecha, (en realidad es la tierra la que gira, la que se va desplazando, inclinando para un lado u otro, yo estoy suspendido inmóvil en el cielo); siento claramente el aire que me sostiene por las alas como a una criatura. Protegido. Nada malo me puede pasar, todo es bienestar. Ya no necesito pensar qué tengo que hacer para cambiar la dirección del planeador, sus planos son ahora mis miembros, somos uno. En uno de los giros veo unos puntos oscuros acercándose hasta que cuando entran dentro de mi órbita descubro que es una bandada de patos. Pasan tan cerca de mí que los oigo graznar y pienso que están festejando conmigo la alegría de volar; deseo que me acompañen en esta especie de baile, de danza con la naturaleza, dejándonos llevar por el instinto, pero no, siguen volando hacia el sur, tal vez, buscando alguna laguna.
Salgo abruptamente de mi ensueño y me doy cuenta de que yo también tengo que ir preocupándome por buscar mi lugar en el suelo. Vuelo hacia la cabecera de la pista pasando por arriba de un rancho rodeado de eucaliptos y unos chicos me miran curiosos y saludan agitando sus brazos y por última vez busco con la mirada al Vasco que me dará las indicaciones para el aterrizaje. Lo encuentro, allí está, sobre la camioneta con su banderín, atento a lo que hace su pichón y listo para guiarlo. Obedezco una vez más, ésta es la última orden que recibiré y ahora, para lo que viene, dependo sólo de mí.
El horizonte se va velozmente para arriba y a cada segundo veo más suelo, el pasto se acelera cada vez más, ya es una correntada verde que pasa debajo de mí cuando toco el suelo con un fuerte golpe que nos parte en dos. Siento la queja de las maderas del planeador y recupero la sensación del peso del cuerpo mientras nos vamos deteniendo hasta parar por completo. Sin la ayuda del aire, el planeador se mantiene unos segundos en equilibrio hasta que inclinándose suavemente apoya el ala izquierda sobre el suelo.
Me desato, saco los pies de los pedales, los apoyo sobre el pasto y girando me paro con una incómoda sensación de mareo por el reencuentro con la gravedad y empiezo a caminar hacia la camioneta, en ella volveré al mundo de todos los días, a mi casa, mi colegio,...y a las chicas. Allá también tengo que aprender a volar solo.


