Mi casi muerte.
Era una tarde cualquiera, la casa estaba silenciosa, como es desde que se fueron los chicos. Desde el baño, apenas se escuchaban cantos de pájaros y algo de música que se colaba por las rendijas de las puertas.
Estaba descansando plácidamente sobre una toalla con una cierta intriga,¿de quién sería la llamada telefónica que no se concretó?
Completamente relajado aunque atento a lo que me rodeaba pero sin la prevención ante lo que pudiera alterar mi descanso, percibía la suave luz que entraba por los ladrillos de vidrio y daba forma al lugar.
De pronto, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, desapareció el plano sobre el que estaba acostado; la falta de gravedad y el vértigo tomaron el lugar de toda otra sensación. Sentí que caía y caía en el vacío mientras paredes, techo y piso giraban alternándose locamente. A toda la velocidad que me permitía la situación pensaba en el paso siguiente, ¿qué me pasará ahora?, ¿me estaré muriendo?, ¿esto será el “infarto de miocardio”? Sentí que mi cuerpo chocaba contra algo que cedió y me incluyó como si me hubiera zambullido en una gran pileta de agua fría. Mientras me iba hacia el fondo sentí que detrás de mí se precipitaba un torrente de agua que me empujaba más y más abajo, cada vez más rápido. La sorpresa dejó pasar al terror que me invadió porque ahora estaba totalmente a oscuras, mientras caía envuelto en agua golpeándome contra unas paredes frías que me rechazaban y me empujaban hacia otras igualmente agresivas. En un determinado momento, que no podría precisar, el enorme caudal de agua me abandonó y quedé tirado de espaldas sobre una superficie helada.
Todo se había detenido de repente: el fluir del agua, el tiempo, el ruido. El silencio era absoluto, aterrador; no sabía dónde estaba, qué había pasado. Intenté moverme pero no lo logré, me habían abandonado todas las energías. Tenía el cuerpo como si estuviera enyesado de pies a cabeza, sólo continuaban el dolor de los infinitos golpes que había recibido y mis pensamientos.
Algo era cierto, estaba en la tierra y todavía vivía, pero me invadió una angustia terrible y me pregunté que pasaría: ¿moriría allí sin que nadie supiera qué había sido de mí? Nunca sabrían lo que me había pasado y lo peor era que el silencio y el tiempo que comenzó a pasar me confirmaban que nadie me buscaba. ¿No les importaba? ¿Cómo no notaron que faltaba en casa? ¿Qué era yo? Si no me pueden salvar que pidan ayuda; la gente en estos casos es muy solidaria, pero ¿a quién se lo estaba diciendo? Estaba solo, nadie me podía oír. Comencé a sentir que el agua que me había arrastrado también había penetrado hasta los más profundos pliegues de mi cuerpo y la sentía fría y con intención de quedarse y enfriarse aun más.
Estaba aceptando este final cuando me pareció oír ruido de golpes como mazazos contra un muro, cada vez más vigorosos, que llegaban modificados por el rebote en las paredes de largos túneles. Ahora sabía algo: estaban tratando de encontrarme y podía esperar seguir viviendo mientras siguiera escuchando esos golpes. Pasó mucho tiempo, mucho más del que yo querría haber esperado, pero sólo me quedaba eso, esperar, hasta que pararon los golpes y escuché el roce de una pesada losa como las que sellan los sepulcros. Y algo más: unas lejanísimas voces humanas llegaban a través de la tierra. ¿Me habrían enterrado vivo en la bóveda familiar de la Recoleta y alguien, dudando tal vez de esa realidad pidió la exhumación de mi cadáver? ¡Dios mío, qué de ideas pasaban por mi cerebro!
Esa y otras fueron barridas por un nuevo torrente de agua que me arrastró por los túneles hasta que me detuve, y otra vez el silencio y el tiempo pasando lentamente, y nuevamente la espera.
Volví a caer en la desesperanza, esta vez definitivamente. Me pudriría allí abajo, en las profundidades húmedas y silenciosas de la tierra como les pasa a las personas, a fin de cuentas, aunque hubiera esperado que fuera distinto.
Estaba entregándome mansamente a mi última noche cuando escuché un ruido atronador e inmediatamente toneladas de líquido en cascada me tomaron y alzándome me arrastraron, rebotando por túneles desconocidos. En medio de la confusión que me provocaba este nuevo acontecer me pareció que una pequeña luz en forma de círculo difuso se movía hacia mí. Sí, debía ser como tanta gente que estuvo al borde de la muerte contó al volver. Yo estaba volviendo a la vida. Seguí resbalando cada vez más rápido hacia esa lámpara de vida hasta que de pronto me detuve en una playa rectangular cerrada por cuatro altísimas paredes de color gris. El piso sobre el que había caído era del mismo material indefinido. El espacio parecía no tener techo y la luz que de allí provenía me deslumbraba de tal manera que no podía apreciar las dimensiones del lugar.
Cuando logré aclimatarme a esta nueva experiencia y serenarme como para entender algo de lo que me había pasado, un rostro conocido y sonriente se recortó contra el cielo y se fue acercando. Cuando mi dueño no pudo acercarse más a la profundidad en que yo estaba, extendió el brazo derecho y tomándome con su mano, me sacó del fondo de la cámara de inspección del sistema cloacal.
Tal vez ahora pueda saber de quien era esa llamada.
