En mis clases de dibujo estamos practicando rostros. La persona que quise representar no me salió igual....pero de todas maneras me parece que resultó una linda nena...
martes, 23 de julio de 2013
sábado, 23 de junio de 2012
EL CONCIERTO DE UN AVE ARGENTINA: EL CHAJÁ
POR GUILLERMO ENRIQUE HUDSON
El chajá es el ave paradigmática de la pampa argentina. Su canto es hermoso, singular. Su voz, como la de otras aves, es música. Una música, ¿que acaso es comunicación con alguna secreta deidad de los pájaros? El humano puede matar al animal. Pero no arrebatarle sus secretos. Tampoco puede negarle la belleza artística de su canto. Esa belleza que aquí, en este lugar de Temakel, puede resonar dentro del oído sensible gracias a la narración que Guillermo Enrique Hudson realizara como si fuera la primera vez, para acercarnos a un grandioso coro de chajás. Coro de pájaros que busca saltar hacia alguna imprecisable trascendencia desde un sitio de la Pampa...
...Aunque los chajás están vestidos con una modestia de cuáqueros, y carecen de la elegancia de forma del cisne o del pavo real, interesan al sentido estético del hombre en más alto grado que cualquiera de las otras especies que conozco. La voz es una de sus características, como es de deducir por el nombre que se le ha dado: gritón; pero este nombre no es apropiado, porque aunque es verdad que el pájaro grita con más bríos que el pavo real, su grito no es sino una fuerte voz de alarma que hace oír en ciertas ocasiones; mientras que, tanta de día como de noche, se eleva en el espacio como si fuera una alondra de alguna imaginaria época remota en la historia del mundo, cuando todas las cosas, inclusive las alondras, eran de tamaño gigantesco, y en lo alto canta sus notas, que son completamente diferentes de los gritos.
Algunas veces, al cruzar el Regent’s Park, he oído las voces sonoras del que estaba prisionero allí, que trataba de elevar su voz por encima del concierto de las grullas, las aguilas y los guacamayos, el aullido de los lobos y los perros y el sordo rugir de los leones. En todo el parque se oía la voz del chajá; pero esas sonoras notas me entristecían. El destierro y el cautiverio habían despojado de toda alegría al noble cantor y el clima húmedo lo había enronquecido, ya no emitía sus límpidos acentos prolongados y parecía sólo exhalar apresuradamente algunos confusos gritos, como avergonzado de ellos. El canto de una alondra que surca el cielo asoleado y el de la que está encerrada en una pequeña jaula suspendida de una pared en sombra, en una calle de Londres, producen efectos muy diferentes; la desagradable mezcla de sonidos agudos y ásperos del cantor callejero produce efectos muy distintos y no parece proceder de la misma clase de pájaro que ejecutaba la incomparable melodía con que llenaba el cielo azul. Es todavía mayor la diferencia en la voz del chajá cuando se la oye en Regent’s Park y cuando se la ha oído en las pampas: aquí el pájaro se eleva en el espacio hasta que su cuerpo voluminoso desaparece y desde allí emite una incesante cascada de jubilosos alaridos. Llamarle gritón es darle un nombre inapropiado. Prefiero darle el nombre que tiene en lengua vernácula: Chajá.
Entre los chajás, los sexos se guardan fidelidad; hasta formando parte de grandes bandadas se colocan en casales. Cuando el ave comienza a cantar, su compañera responde inmediatamente, pero sus notas son de calidad muy diferente. Ambas aves emiten algunas notas breves, profundas; las de la hembra son largas, sonoras y con trinos, pero dominándolas, resuena la voz límpida y penetrante del macho, que termina su canto con gran sonoridad y pureza. Este canto produce cierto efecto de armonía, pero comparado con el canto humano es menos semejante a un dúo que a un terceto compuesto por el bajo, la contralto y la soprano. En ciertas épocas, en regiones que les son favorables, es frecuente que los chajás se reúnan en inmensas bandadas; millares de individuos se congregan y a menudo cantan en concierto. Invariablemente lo hacen a intervalos durante la noche, pero sin levantar vuelo. Según dicen los gauchos: “están contando las horas”. El primer canto comienza a las nueve, aproximadamente; el segundo, a la medianoche; el tercero, antes de amanecer. Pero las horas varían en las diferentes regiones. Una vez que yo viajaba con un grupo de gauchos, hacia las doce de una noche muy oscura, una pareja de cajas irrumpió a gritar a corta distancia delante de nosotros, dándanos a entender que nos acercábamos a un arroyo, donde nos proponíamos refrescar nuestros caballos. Lo encontramos casi seco y cuando cuando bajamos hasta el hilo de agua que corría sinuoso en el ancho cauce enjuto, una bandada de unos mil chajás levantaron un perfecto clamor de alarma, gritando todos a la vez, con intervalos de silencio. Después se alzaron con un rumor de alas. Bajaron a unos cien metros de distancia y todos juntos irrumpieron en uno de sus notables cantos nocturnos que resonaban en la llanura a varios kilómetros de distancia. Tiene algo de impresionante esta espontánea y sonora melodía coral de las grandes bandadas de chajás. Aunque he estado acostumbrado desde niño a oír a estos pájaros, muchas veces me he sorprendido ante algún nuevo efecto producido por una gran multitud de ellos cantando en ciertas Viajando solo durante un día de verano, hacia el mediodía llegué a una laguna llamada Kakel, lo bastante angosta como para que yo pudiera ver la orilla opuesta. Había una innumerable cantidad de chajás divididos en bandadas bien definidas; cada una constaba de unos quinientos pájaros. Rodeaban todo el contorno de la laguna, probablemente atraídos por la sequía que reinaba en la comarca. Una bandada que estaba cerca de mí comenzó a cantar, y el fuerte coro duró unos tres o cuatro minutos. Cuando cesó, la bandada siguiente cantó a su vez y así sucesivamente. El canto fue seguido hasta por las bandadas de la orilla opuesta, de donde venían notas fuertes y claras, que iban disminuyendo en intensidad hasta que la bandada próxima a mí reanudó el canto. El efecto era muy extraño; quedé asombrado ante la manera ordenada en que cada grupo aguardaba su turno para cantar en vez de prorrumpir en un coro general, una vez que el primer grupo hubo dado la señal. En otra ocasión recibí una impresión aún más sorprendente. Esta vez las aves, en mayor número que las veces anteriores, cantaron todas a la vez. Esto ocurrió en las pampas del Sur, en un lugar llamado Gualicho que yo recorría a caballo una hora antes de la puesta del sol por una llanura pantanosa, donde había mucho agua estancada en las lagunas cubiertas de juncos, aunque era plena estación de sequía. Toda esta llanura aparecía cubierta por una interminable bandada de chajás, no en formación cerrada, sino dispersos en parejas o en pequeños grupos.
En aquella desolada región, encontré un pequeño rancho habitado por un gaucho y su familia y pasé la noche allí. Los chajás andaban alrededor del rancho y parecían tan mansos como las aves domésticas y cuando salí a buscar algún sitio donde mi caballo pudiera hallar buen pasto, los pájaros no echaron a volar, sino que se apartaron un poco como para dejarme pasar. Serían las nueve y estábamos comiendo, cuando toda aquella multitud de aves que cubría un espacio de varios kilómetros, prorrumpió en un tremendo concierto nocturno. Es imposible describir el efecto que producía ese inmenso coro nunca oído. Dejo que el lector trate de imaginar a medio millón de gritos, cada uno más fuerte que los que se pueden oír en Regcnt’s Park, estallando en la atmósfera silenciosa de la solitaria llanura, en medio de la oscuridad noche. Una peculiaridad de ese inmenso coro, mas que el ruido atronador de la marejada cuando choca los acantilados de una costa, es que me era posible distinguir centenares y hasta millares de voces individuales. Me olvidé de mi cena, me quede inmóvil, sobrecogido de asombro mientras el aire y hasta el frágil rancho parecían temblar bajo la acción de aquella tempestad de ruidos. Cuando cesó y quedamos en silencio, el gaucho me dijo, sonriendo: “Estamos acostumbrados a esto, señor; todas las noches tenemos este concierto”. Era un concierto por el que valía la pena haber galopado treinta leguas para oírlo.(*)
(*) Extraído de El naturalista en el Plata, de Guillermo Enrique Hudson, Ed. Elefante Blanco, ciudad de Buenos Aires.
jueves, 26 de mayo de 2011
Volar solo
Son las ocho de la mañana de un domingo de invierno y me estoy atando con cuatro correas al asiento del planeador -una simple tabla de terciado con forma de silla de colegio-. Llevo encima todo el abrigo que encontré en mi casa ya que no tiene cabina y eso significa volar “al exterior”. A pesar de los guantes tengo las manos agarrotadas porque en esa época, en Azul, hace mucho frío. Todo es gris, el pasto de la pista está escarchado, me siento solo y ni siquiera me acompaña el tradicional canto de los chimangos y teros que seguramente esperan que suba el sol.
Pero no estoy totalmente solo, un compañero de curso sostiene la punta del ala para mantenerme en equilibrio y más allá, el Vasco, sentado en la caja de la camioneta vigila la operación y está listo para dar instrucciones. Coloco mis pies sobre los pedales y tomo con mi mano derecha la barra de dirección. Tal como mi instructor me enseñó, muevo todos los controles para verificar si funcionan bien mientras enganchan al fuselaje el extremo del cable con que me remolcarán.
Sin pedir permiso, irrumpe en mi cabeza el recuerdo de anoche que casi me hace no venir. Esa fiesta, mi primera fiesta de quince en la que nuestras amigas, unas estúpidas, se encandilaron con esos cancheros, mayores que nosotros, venidos de Buenos Aires. ¡Qué mal nos sentimos!, hicimos el triste papel de lugareños desplazados, olvidados y humillados, y no pudimos o no supimos reaccionar ante esa traición.
Sorprendido por un tirón, vuelvo al campo de aviación y a mi lección de hoy; el cable se ha tensado y la camioneta empieza a arrastrarme como a un barrilete a lo largo de la pista para subirme a 200 metros.
Llevado a toda velocidad, el patín metálico del avión me transmite, sin amortiguarlas, todas las irregularidades del terreno. Voy saltando como en un carro de lechero que corre por una calle empedrada hasta que, de pronto, me separo del suelo. La vibración y el ruido desaparecen y son reemplazados por una serenidad desconocida para los que solo caminan. Sólo se escucha el sonido del viento a través de la estructura y el de los cables tensores que sostienen las alas. El viento frío hace que se me nublen los ojos y ya no siento más las orejas.
Estoy subiendo en un ángulo empinadísimo y debo inclinar mi cuerpo retorciéndome entre el correaje para ver al Vasco que desde allá abajo me dará las imprescindibles órdenes. Lo miro todo el tiempo mientras conduzco por instinto hasta que, revoleando con su brazo un banderín, me envía la primera: cortar mi conexión con la camioneta; nivelo el planeador en vuelo horizontal, tiro de la soguita que desprende el cable y lo dejo caer en rulos hasta que lo pierdo de vista.
Ahora sí que estoy verdaderamente solo, he cortado mi cordón con la guía y protección de allá abajo. ¡Qué alto estoy! Todo se ha empequeñecido: los árboles, el arroyo, las vacas, las calles de tierra y los hangares. El suelo parece una superficie tersa bien distinta de la real, su textura se suaviza con la altura. Parece que sucede así con todas las cosas, a la distancia cambian, toman otro valor. Es lo de siempre pero desde otra perspectiva. Levanto la mirada, estimulado por este nuevo don hasta que algo nunca visto me conmueve: en el horizonte aparecen unas ondulaciones, ¡las sierras!, nunca las había visto, ¡qué emoción siento!, qué sensación de superioridad, de ser actor de algo único, excluyente, egoísta; ¡qué ganas de que no termine!, de que el planeador no baje como lo va haciendo inexorablemente, de vuelta a la tierra, a las experiencias de todos los días, a la visión limitada. ¡Qué sublime sentimiento de que no hay nada más importante que el presente!
Empiezo a experimentar, inclino un ala con la palanca mientras piso el pedal izquierdo y entonces giro hacia ese lado, repito la maniobra a la inversa y voy hacia la derecha, (en realidad es la tierra la que gira, la que se va desplazando, inclinando para un lado u otro, yo estoy suspendido inmóvil en el cielo); siento claramente el aire que me sostiene por las alas como a una criatura. Protegido. Nada malo me puede pasar, todo es bienestar. Ya no necesito pensar qué tengo que hacer para cambiar la dirección del planeador, sus planos son ahora mis miembros, somos uno. En uno de los giros veo unos puntos oscuros acercándose hasta que cuando entran dentro de mi órbita descubro que es una bandada de patos. Pasan tan cerca de mí que los oigo graznar y pienso que están festejando conmigo la alegría de volar; deseo que me acompañen en esta especie de baile, de danza con la naturaleza, dejándonos llevar por el instinto, pero no, siguen volando hacia el sur, tal vez, buscando alguna laguna.
Salgo abruptamente de mi ensueño y me doy cuenta de que yo también tengo que ir preocupándome por buscar mi lugar en el suelo. Vuelo hacia la cabecera de la pista pasando por arriba de un rancho rodeado de eucaliptos y unos chicos me miran curiosos y saludan agitando sus brazos y por última vez busco con la mirada al Vasco que me dará las indicaciones para el aterrizaje. Lo encuentro, allí está, sobre la camioneta con su banderín, atento a lo que hace su pichón y listo para guiarlo. Obedezco una vez más, ésta es la última orden que recibiré y ahora, para lo que viene, dependo sólo de mí.
El horizonte se va velozmente para arriba y a cada segundo veo más suelo, el pasto se acelera cada vez más, ya es una correntada verde que pasa debajo de mí cuando toco el suelo con un fuerte golpe que nos parte en dos. Siento la queja de las maderas del planeador y recupero la sensación del peso del cuerpo mientras nos vamos deteniendo hasta parar por completo. Sin la ayuda del aire, el planeador se mantiene unos segundos en equilibrio hasta que inclinándose suavemente apoya el ala izquierda sobre el suelo.
Me desato, saco los pies de los pedales, los apoyo sobre el pasto y girando me paro con una incómoda sensación de mareo por el reencuentro con la gravedad y empiezo a caminar hacia la camioneta, en ella volveré al mundo de todos los días, a mi casa, mi colegio,...y a las chicas. Allá también tengo que aprender a volar solo.
jueves, 5 de mayo de 2011
Nieto pregunta, abuelo piensa
Mi respuesta espontanea fue que ni se me había pasado por la mente el futuro, que yo vivía el presente y no pensaba en el "mañana". Y que de mas grande y cuando todavía faltaba bastante para esa fecha, dudaba sobre si estaría vivo para ese entonces.
Ya en casa, mas tarde, reflexioné un poco sobre la pobreza de mis respuestas e iluminado llegué a la siguiente conclusión: Nosotros, mi generación (circa 1941) (o yo), habíamos nacido con la radio, el teléfono, los aviones a pistón, los autos viejos (Había autos importados con novedades técnicas solo para los Diputados y Senadores o los riquísimos), había 1 (una y no mas) revista infantil, nuestros padres o parientes viajaban a Europa una vez en la vida como broche de oro.
Todo seguía igual a como hacía bastantes años, la radio era a válvulas desde que se inventó y era un aparato enorme que se calentaba y ocupaba bastante lugar, el teléfono era de baquelita y negro y era igualito al de todos los habitantes, salvo en las películas de Zully Moreno donde querían mostrar las mansiones de la gente "bien", Los aviones también, su tecnología no había cambiado desde que los hermanos Wrigth lo inventaron. Asi todo desde hacía mucho tiempo.
Y esto es lo que pensé hoy: ahora todo cambia tan aceleradamente: la compu de ayer es lerda y atrasada hoy, lo mismo los autos, los celulares, aviones, costumbres, etc. que los jóvenes de tienen "instalado" el concepto de cambio, mejora, adelanto, superior, mas rápido, lo que vendrá, que nos deparará el mañana . En fin, nosotros (o yo, nuevamente) teníamos la sensación de que todo lo que se había hecho, era así y ERA ASÍ, ¿Cambiar que?.
La pregunta de Manuel, yo por lo menos no recuerdo habérmela hecho.
miércoles, 6 de abril de 2011
Autobiografía del movil
Mi casi muerte.
Era una tarde cualquiera, la casa estaba silenciosa, como es desde que se fueron los chicos. Desde el baño, apenas se escuchaban cantos de pájaros y algo de música que se colaba por las rendijas de las puertas.
Estaba descansando plácidamente sobre una toalla con una cierta intriga,¿de quién sería la llamada telefónica que no se concretó?
Completamente relajado aunque atento a lo que me rodeaba pero sin la prevención ante lo que pudiera alterar mi descanso, percibía la suave luz que entraba por los ladrillos de vidrio y daba forma al lugar.
De pronto, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, desapareció el plano sobre el que estaba acostado; la falta de gravedad y el vértigo tomaron el lugar de toda otra sensación. Sentí que caía y caía en el vacío mientras paredes, techo y piso giraban alternándose locamente. A toda la velocidad que me permitía la situación pensaba en el paso siguiente, ¿qué me pasará ahora?, ¿me estaré muriendo?, ¿esto será el “infarto de miocardio”? Sentí que mi cuerpo chocaba contra algo que cedió y me incluyó como si me hubiera zambullido en una gran pileta de agua fría. Mientras me iba hacia el fondo sentí que detrás de mí se precipitaba un torrente de agua que me empujaba más y más abajo, cada vez más rápido. La sorpresa dejó pasar al terror que me invadió porque ahora estaba totalmente a oscuras, mientras caía envuelto en agua golpeándome contra unas paredes frías que me rechazaban y me empujaban hacia otras igualmente agresivas. En un determinado momento, que no podría precisar, el enorme caudal de agua me abandonó y quedé tirado de espaldas sobre una superficie helada.
Todo se había detenido de repente: el fluir del agua, el tiempo, el ruido. El silencio era absoluto, aterrador; no sabía dónde estaba, qué había pasado. Intenté moverme pero no lo logré, me habían abandonado todas las energías. Tenía el cuerpo como si estuviera enyesado de pies a cabeza, sólo continuaban el dolor de los infinitos golpes que había recibido y mis pensamientos.
Algo era cierto, estaba en la tierra y todavía vivía, pero me invadió una angustia terrible y me pregunté que pasaría: ¿moriría allí sin que nadie supiera qué había sido de mí? Nunca sabrían lo que me había pasado y lo peor era que el silencio y el tiempo que comenzó a pasar me confirmaban que nadie me buscaba. ¿No les importaba? ¿Cómo no notaron que faltaba en casa? ¿Qué era yo? Si no me pueden salvar que pidan ayuda; la gente en estos casos es muy solidaria, pero ¿a quién se lo estaba diciendo? Estaba solo, nadie me podía oír. Comencé a sentir que el agua que me había arrastrado también había penetrado hasta los más profundos pliegues de mi cuerpo y la sentía fría y con intención de quedarse y enfriarse aun más.
Estaba aceptando este final cuando me pareció oír ruido de golpes como mazazos contra un muro, cada vez más vigorosos, que llegaban modificados por el rebote en las paredes de largos túneles. Ahora sabía algo: estaban tratando de encontrarme y podía esperar seguir viviendo mientras siguiera escuchando esos golpes. Pasó mucho tiempo, mucho más del que yo querría haber esperado, pero sólo me quedaba eso, esperar, hasta que pararon los golpes y escuché el roce de una pesada losa como las que sellan los sepulcros. Y algo más: unas lejanísimas voces humanas llegaban a través de la tierra. ¿Me habrían enterrado vivo en la bóveda familiar de la Recoleta y alguien, dudando tal vez de esa realidad pidió la exhumación de mi cadáver? ¡Dios mío, qué de ideas pasaban por mi cerebro!
Esa y otras fueron barridas por un nuevo torrente de agua que me arrastró por los túneles hasta que me detuve, y otra vez el silencio y el tiempo pasando lentamente, y nuevamente la espera.
Volví a caer en la desesperanza, esta vez definitivamente. Me pudriría allí abajo, en las profundidades húmedas y silenciosas de la tierra como les pasa a las personas, a fin de cuentas, aunque hubiera esperado que fuera distinto.
Estaba entregándome mansamente a mi última noche cuando escuché un ruido atronador e inmediatamente toneladas de líquido en cascada me tomaron y alzándome me arrastraron, rebotando por túneles desconocidos. En medio de la confusión que me provocaba este nuevo acontecer me pareció que una pequeña luz en forma de círculo difuso se movía hacia mí. Sí, debía ser como tanta gente que estuvo al borde de la muerte contó al volver. Yo estaba volviendo a la vida. Seguí resbalando cada vez más rápido hacia esa lámpara de vida hasta que de pronto me detuve en una playa rectangular cerrada por cuatro altísimas paredes de color gris. El piso sobre el que había caído era del mismo material indefinido. El espacio parecía no tener techo y la luz que de allí provenía me deslumbraba de tal manera que no podía apreciar las dimensiones del lugar.
Cuando logré aclimatarme a esta nueva experiencia y serenarme como para entender algo de lo que me había pasado, un rostro conocido y sonriente se recortó contra el cielo y se fue acercando. Cuando mi dueño no pudo acercarse más a la profundidad en que yo estaba, extendió el brazo derecho y tomándome con su mano, me sacó del fondo de la cámara de inspección del sistema cloacal.
Tal vez ahora pueda saber de quien era esa llamada.
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lunes, 21 de marzo de 2011
Pobre tero
Anoche, no recuerdo un momento exacto pero fueron varios, sentí el grito de un pájaro que no pude reconocer. No era una cotorra ni un zorzal ni una calandria, que son nuestros habituales compañeros de la naturaleza que nos hacen felices.
Era de noche, abrí varias veces las ventanas y los postigones pero no pude averiguar que era ni de donde venía el sonido. No volví a escucharlo y finalmente nos acostamos.
A la mañana, como hago casi siempre, mientras preparo el desayuno para nosotros, salí a caminar por el jardín, era una mañana preciosa, luminosa, con un aire fresco y límpido. Al acercarme a la pileta vi flotar algo, un pájaro que flotaba, muerto. Me acerque y vi que era un tero, ¡Cómo no me di cuenta anoche! Era él pidiendo auxilio al sentir que se estaba ahogando. ¡Que pena que me dió y me da todavía! Podría haberlo salvado si hubiera sido un poco mas ¿"atento"? ¿solidario? No encuentro la palabra para nombrar la actitud. Pobre tero.
Era de noche, abrí varias veces las ventanas y los postigones pero no pude averiguar que era ni de donde venía el sonido. No volví a escucharlo y finalmente nos acostamos.
A la mañana, como hago casi siempre, mientras preparo el desayuno para nosotros, salí a caminar por el jardín, era una mañana preciosa, luminosa, con un aire fresco y límpido. Al acercarme a la pileta vi flotar algo, un pájaro que flotaba, muerto. Me acerque y vi que era un tero, ¡Cómo no me di cuenta anoche! Era él pidiendo auxilio al sentir que se estaba ahogando. ¡Que pena que me dió y me da todavía! Podría haberlo salvado si hubiera sido un poco mas ¿"atento"? ¿solidario? No encuentro la palabra para nombrar la actitud. Pobre tero.
jueves, 17 de marzo de 2011
Rojas
I
Dormía intranquilo, lo preocupaba ese sonido de motor que aceleraba y desaceleraba alternativamente. “¡Carajo, me quedé dormido!”, exclamó al suponer que provenía del camión que estaba tratando de salir del barro. Y él tendría que estar allí.
Ayer el camión de hacienda se había encajado hasta los ejes en la manga del cuadro chico y no hubo esfuerzo ni puteada que lograra sacarlo de allí. Él con sus peones sudaron como animales palanqueando con maderas y tirando con el tractor pero no hubo caso y, al anochecer, ya nadie tuvo resto como para seguir. Le había prometido al chofer que apenas clareara volverían a ayudarlo.
La Antonia se había enojado mucho al verlo llegar tan cansado y colorado como un tomate; muy seria le dijo: “Rojas, ‘usté’ ya no está para esos trotes”. -y agregó-: “Cuando venga la hija le voy a pedir a ella que también se lo diga, a ver si lo entiende de una buena vez”. Y tenía razón, con sus sesenta, ampliados por la dura vida de campo, la ginebra y algunas rodadas causadas por ella, cuando hacía un trabajo pesado, se agitaba mucho y el corazón quería escapársele por la boca. Pero al final después de rigorearlo la Antonia se había ablandado y le había hecho comida nueva en vez de recalentarle un guiso, y hasta lo había mimado llevándole una tisana a la cama.
Cuando abrió los ojos vio que estaba totalmente oscuro y, además, comprendió que los sonoros ronquidos de la Antonia lo habían confundido, que aparte de eso, reinaba la más absoluta calma y que era muy temprano. De todas maneras no tenía sueño y decidió levantarse. Bajó de la cama sintiéndose extrañamente liviano y ágil, en la oscuridad no acertó con las alpargatas así que se quedó descalzo y tanteando las paredes y muebles salió del dormitorio sin hacer ruido. En la cocina buscó el mate. No tuvo suerte, no estaba por allí, y como no había más cuartos en el rancho, salió. Ahora sí lo encontró, estaba junto a la pava bajo el alero donde acostumbran sentarse con su mujer al final del día para ver el atardecer. Sombra, Capitán y Mancha sintieron su presencia y con pereza levantaron sus cabezas, lo miraron con total indiferencia y luego de estirarse y bostezar volvieron a lo suyo. Ya comenzaba a amanecer. Recostándose contra uno de los pilares de la galería, recorrió muy lentamente con su vista el horizonte. Se sorprendió de la cantidad de cosas que seguramente siempre estuvieron y hoy eran nuevas para él. Así fue como a pesar de la distancia vio nítidamente a su fiel Malacara que pastaba detrás del alambrado, “Ya te voy a ir a buscar” -le dijo como si pudiera escucharlo.
El grito desgarrador que escuchó a sus espaldas lo convirtió en piedra por unos segundos. Cuando pudo reaccionar corrió hacia el dormitorio y desde el marco de la puerta pudo ver a la Antonia, que mientras seguía gritando lo zamarreaba en la cama.
II
Decidió no quedarse a su velorio y menos a su entierro, nunca había sabido dónde meterse en esas ocasiones; no quería ver sufrir a los que lo querían, ni tampoco sufrir una decepción por alguno que sólo lo dijera.
Se quiso arreglar, recordó las pilchas que más le habían gustado y, aunque algunas eran de cuando era pibe, le quedaron bien. Sintiéndose conforme salió a la galería. Se paró delante de la Antonia que, inmovil, con los brazos bajos y las manos entrelazadas, miraba hacia donde él lo había hecho hacía muy poco. Preocupado se preguntó: “¿Quién la cuidará ahora?”, y para tranquilizarse, ya que obviamente no tenía opciones, se contestó: “La Antonia es fuerte y capaz, tal vez los patrones, que la consideran, se la lleven para servir en la casa y allí va a estar bien”, y: “Los hijos de los patrones la quieren mucho y también me la van a cuidar”.
La miró de frente y vio en sus ojos ese brillo que lo había conmovido cuando era muchacho y sin poder ni querer frenarse, la abrazó fuertemente y la besó. A ella se le trabucó la respiración y enseguida lanzó un profundo y largo suspiro sin quitar la vista del horizonte. Rojas no quiso ver más, con decisión dio media vuelta y partió.
Caminó sin parar y sin saber a dónde, pero no le preocupaba, confiaba en esa voluntad que lo impulsaba; la urgencia y la inquietud que generalmente lo acompañaban no estaban presentes. Anduvo mucho tiempo a través del campo, por terrenos conocidos y desconocidos. No se cruzó con nadie ni por allí, ni cuando llegó al pueblo después del mediodía. Al ver las calles de tierra desoladas recordó con humor que con razón dicen que los pueblos del interior parecen muertos a la hora de la siesta. Pasó con cierta nostalgia por lugares a los cuales iba con frecuencia, donde se encontraba con gente amiga de años: el boliche, el almacén de ramos generales, la ferretería, la talabartería, la tienda “Blanco y Negro” donde se abastecía de bombachas y alpargatas, y también de alguna ropa para compadrear. Cuando llegó al final de la calle principal se encontró de frente con la escuelita de su niñez, entonces comprendió que su caminata no era sin rumbo, estaba deshaciendo el camino.
Habiendo comprendido el sentido de su andar, tomó sin dudarlo el sendero que recorría en tiempos lejanos hasta su casa paterna con su valijita llena de cuadernos y lápices. Era un camino largo pero lo disfrutó tanto como entonces. Caminaba poseído por una sensación de calma y de profunda sensibilidad para captar los más mínimos detalles que lo rodeaban: los distintos follajes de los árboles, la variedad de arbustos, las diferentes especies de pájaros que revoloteaban a su alrededor, los montes y casas lejanos que ahora le parecían más lindos y coloridos.
Desde lejos reconoció la avenida de eucaliptos que llevaba al casco de la vieja estancia y después al puesto donde se había criado, pero no quiso llegar hasta allí. No encontraría a sus padres. Hacía mucho que no estaban. Prefirió ir a la laguna adonde se escapaba las siestas para tirarle hondazos a los patos y gallaretas. Cuando llegó al borde ya estaba bastante oscuro y rindiéndose al cansancio, que antes no había sentido, se acostó. Se quedó mirando el cielo y notó como éste, al ennegrecerse iba haciendo aparecer más y más estrellas, tantas como nunca había visto. El tiempo fue pasando y Rojas descubrió que cada vez lo acompañaban más cosas: el mugido de las vacas, lejanos relinchos, el rechinar de las aspas del molino, el croar de las ranas. Sintió que se estaba yendo en ellos: en el viento, en la humedad de la tierra, en el olor del pasto. Cada una de esas cosas se estaba quedando con algo de él, estaba volviendo a Dios.
Y así se nos fue don Rojas.
Martín
sep/oct. 2006
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