miércoles, 6 de abril de 2011

Autobiografía del movil

Mi casi muerte.




Era una tarde cualquiera, la casa estaba silenciosa, como es desde que se fueron los chicos. Desde el baño, apenas se escuchaban cantos de pájaros y algo de música que se colaba por las rendijas de las puertas.
Estaba descansando plácidamente sobre una toalla con una cierta intriga,¿de quién sería la llamada telefónica que no se concretó?
Completamente relajado aunque atento a lo que me rodeaba pero sin la prevención ante lo que pudiera alterar mi descanso, percibía la suave luz que entraba por los ladrillos de vidrio y daba forma al lugar.
De pronto, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, desapareció el plano sobre el que estaba acostado; la falta de gravedad y el vértigo tomaron el lugar de toda otra sensación. Sentí que caía y caía en el vacío mientras paredes, techo y piso giraban alternándose locamente. A toda la velocidad que me permitía la situación pensaba en el paso siguiente, ¿qué me pasará ahora?, ¿me estaré muriendo?, ¿esto será el “infarto de miocardio”? Sentí que mi cuerpo chocaba contra algo que cedió y me incluyó como si me hubiera zambullido en una gran pileta de agua fría. Mientras me iba hacia el fondo sentí que detrás de mí se precipitaba un torrente de agua que me empujaba más y más abajo, cada vez más rápido. La sorpresa dejó pasar al terror que me invadió porque ahora estaba totalmente a oscuras, mientras caía envuelto en agua golpeándome contra unas paredes frías que me rechazaban y me empujaban hacia otras igualmente agresivas. En un determinado momento, que no podría precisar, el enorme caudal de agua me abandonó y quedé tirado de espaldas sobre una superficie helada.
Todo se había detenido de repente: el fluir del agua, el tiempo, el ruido. El silencio era absoluto, aterrador; no sabía dónde estaba, qué había pasado. Intenté moverme pero no lo logré, me habían abandonado todas las energías. Tenía el cuerpo como si estuviera enyesado de pies a cabeza, sólo continuaban el dolor de los infinitos golpes que había recibido y mis pensamientos.
Algo era cierto, estaba en la tierra y todavía vivía, pero me invadió una angustia terrible y me pregunté que pasaría: ¿moriría allí sin que nadie supiera qué había sido de mí? Nunca sabrían lo que me había pasado y lo peor era que el silencio y el tiempo que comenzó a pasar me confirmaban que nadie me buscaba. ¿No les importaba? ¿Cómo no notaron que faltaba en casa? ¿Qué era yo? Si no me pueden salvar que pidan ayuda; la gente en estos casos es muy solidaria, pero ¿a quién se lo estaba diciendo? Estaba solo, nadie me podía oír. Comencé a sentir que el agua que me había arrastrado también había penetrado hasta los más profundos pliegues de mi cuerpo y la sentía fría y con intención de quedarse y enfriarse aun más.
Estaba aceptando este final cuando me pareció oír ruido de golpes como mazazos contra un muro, cada vez más vigorosos, que llegaban modificados por el rebote en las paredes de largos túneles. Ahora sabía algo: estaban tratando de encontrarme y podía esperar seguir viviendo mientras siguiera escuchando esos golpes. Pasó mucho tiempo, mucho más del que yo querría haber esperado, pero sólo me quedaba eso, esperar, hasta que pararon los golpes y escuché el roce de una pesada losa como las que sellan los sepulcros. Y algo más: unas lejanísimas voces humanas llegaban a través de la tierra. ¿Me habrían enterrado vivo en la bóveda familiar de la Recoleta y alguien, dudando tal vez de esa realidad pidió la exhumación de mi cadáver? ¡Dios mío, qué de ideas pasaban por mi cerebro!
Esa y otras fueron barridas por un nuevo torrente de agua que me arrastró por los túneles hasta que me detuve, y otra vez el silencio y el tiempo pasando lentamente, y nuevamente la espera.
Volví a caer en la desesperanza, esta vez definitivamente. Me pudriría allí abajo, en las profundidades húmedas y silenciosas de la tierra como les pasa a las personas, a fin de cuentas, aunque hubiera esperado que fuera distinto.
Estaba entregándome mansamente a mi última noche cuando escuché un ruido atronador e inmediatamente toneladas de líquido en cascada me tomaron y alzándome me arrastraron, rebotando por túneles desconocidos. En medio de la confusión que me provocaba este nuevo acontecer me pareció que una pequeña luz en forma de círculo difuso se movía hacia mí. Sí, debía ser como tanta gente que estuvo al borde de la muerte contó al volver. Yo estaba volviendo a la vida. Seguí resbalando cada vez más rápido hacia esa lámpara de vida hasta que de pronto me detuve en una playa rectangular cerrada por cuatro altísimas paredes de color gris. El piso sobre el que había caído era del mismo material indefinido. El espacio parecía no tener techo y la luz que de allí provenía me deslumbraba de tal manera que no podía apreciar las dimensiones del lugar.
Cuando logré aclimatarme a esta nueva experiencia y serenarme como para entender algo de lo que me había pasado, un rostro conocido y sonriente se recortó contra el cielo y se fue acercando. Cuando mi dueño no pudo acercarse más a la profundidad en que yo estaba, extendió el brazo derecho y tomándome con su mano, me sacó del fondo de la cámara de inspección del sistema cloacal.
Tal vez ahora pueda saber de quien era esa llamada.

lunes, 21 de marzo de 2011

Pobre tero

Anoche, no recuerdo un momento exacto pero fueron varios, sentí el grito de un pájaro que no pude reconocer. No era una cotorra ni un zorzal ni una calandria, que son nuestros habituales compañeros de la naturaleza que nos hacen felices.
Era de noche, abrí varias veces las ventanas y los postigones pero no pude averiguar que era ni de donde venía el sonido. No volví a escucharlo y finalmente nos acostamos.
A la mañana, como hago casi siempre, mientras preparo el desayuno para nosotros, salí a caminar por el jardín, era una mañana preciosa, luminosa, con un aire fresco y límpido. Al acercarme a la pileta vi flotar algo, un pájaro   que flotaba, muerto. Me acerque y vi que era un tero, ¡Cómo no me di cuenta anoche! Era él pidiendo auxilio al  sentir que se estaba ahogando. ¡Que pena que me dió y me da todavía! Podría haberlo salvado si hubiera sido un poco mas ¿"atento"? ¿solidario? No encuentro la palabra para nombrar la actitud. Pobre tero.

jueves, 17 de marzo de 2011

Rojas


I

Dormía intranquilo, lo preocupaba ese sonido de motor que aceleraba y desaceleraba alternativamente. “¡Carajo, me quedé dormido!”, exclamó al suponer que provenía del camión que estaba tratando de salir del barro. Y él tendría que estar allí.

Ayer el camión de hacienda se había encajado hasta los ejes en la manga del cuadro chico y no hubo esfuerzo ni puteada que lograra sacarlo de allí. Él con sus peones sudaron como animales palanqueando con maderas y tirando con el tractor pero no hubo caso y,  al anochecer, ya nadie tuvo resto como para seguir. Le había prometido al chofer que apenas clareara volverían a ayudarlo.
La Antonia se había enojado mucho al verlo llegar tan cansado y colorado como un tomate; muy seria le dijo: “Rojas, ‘usté’ ya no está para esos trotes”. -y agregó-: “Cuando venga la hija le voy a pedir a ella que también se lo diga, a ver si lo entiende de una buena vez”. Y tenía razón, con sus sesenta, ampliados por la dura vida de campo, la ginebra y algunas rodadas causadas por ella, cuando hacía un trabajo pesado, se agitaba mucho y el corazón quería escapársele por la boca. Pero al final después de rigorearlo la Antonia se había ablandado y le había hecho comida nueva en vez de recalentarle un guiso, y hasta lo había mimado llevándole una tisana a la cama.

Cuando abrió los ojos vio que estaba totalmente oscuro y, además, comprendió que los sonoros ronquidos de la Antonia lo habían confundido, que aparte de eso, reinaba la más absoluta calma y que era muy temprano. De todas maneras no tenía sueño y decidió levantarse. Bajó de la cama sintiéndose extrañamente liviano y ágil, en la oscuridad no acertó con las alpargatas así que se quedó descalzo y tanteando las paredes y muebles salió del dormitorio sin hacer ruido. En la cocina buscó el mate. No tuvo suerte, no estaba por allí, y como no había más cuartos en el rancho, salió. Ahora sí lo encontró, estaba junto a la pava bajo el alero donde acostumbran sentarse con su mujer al final del día para ver el atardecer. Sombra, Capitán y Mancha sintieron su presencia y con pereza levantaron sus cabezas, lo miraron con total indiferencia y luego de estirarse y bostezar volvieron a lo suyo. Ya comenzaba a amanecer. Recostándose contra uno de los pilares de la galería, recorrió muy lentamente con su vista el horizonte. Se sorprendió de la cantidad de cosas que seguramente siempre estuvieron y hoy eran nuevas para él. Así fue como a pesar de la distancia vio nítidamente a su fiel Malacara que pastaba detrás del alambrado, “Ya te voy a ir a buscar” -le dijo como si pudiera escucharlo.
El grito desgarrador que escuchó a sus espaldas lo convirtió en piedra por unos segundos. Cuando pudo reaccionar corrió hacia el dormitorio y desde el marco de la puerta pudo ver a la Antonia, que mientras seguía gritando lo zamarreaba en la cama.

II


Decidió no quedarse a su velorio y menos a su entierro, nunca había sabido dónde meterse en esas ocasiones; no quería ver sufrir a los que lo querían, ni tampoco sufrir una decepción por alguno que sólo lo dijera.
Se quiso arreglar, recordó las pilchas que más le habían gustado y, aunque algunas eran de cuando era pibe, le quedaron bien. Sintiéndose conforme salió a la galería. Se paró delante de la Antonia que, inmovil, con los brazos bajos y las manos entrelazadas, miraba hacia donde él lo había hecho hacía muy poco. Preocupado se preguntó: “¿Quién la cuidará ahora?”, y para tranquilizarse, ya que obviamente no tenía opciones, se contestó: “La Antonia es fuerte y capaz, tal vez los patrones, que la consideran, se la lleven para servir en la casa y allí va a estar bien”, y: “Los hijos de los patrones la quieren mucho y también me la van a cuidar”.
La miró de frente y vio en sus ojos ese brillo que lo había conmovido cuando era muchacho y sin poder ni querer frenarse, la abrazó fuertemente y la besó. A ella se le trabucó la respiración y enseguida lanzó un profundo y largo suspiro sin quitar la vista del horizonte. Rojas no quiso ver más, con decisión dio media vuelta y partió.
Caminó sin parar y sin saber a dónde, pero no le preocupaba, confiaba en esa voluntad que lo impulsaba; la urgencia y la inquietud que generalmente lo acompañaban no estaban presentes. Anduvo mucho tiempo a través del campo, por terrenos conocidos y desconocidos. No se cruzó con nadie ni por allí, ni cuando llegó al pueblo después del mediodía. Al ver las calles de tierra desoladas recordó con humor que con razón dicen que los pueblos del interior parecen muertos a la hora de la siesta. Pasó con cierta nostalgia por lugares a los cuales iba con frecuencia, donde se encontraba con gente amiga de años: el boliche, el almacén de ramos generales, la ferretería, la talabartería, la tienda “Blanco y Negro” donde se abastecía de bombachas y alpargatas, y también de alguna ropa para compadrear. Cuando llegó al final de la calle principal se encontró de frente con la escuelita de su niñez, entonces comprendió que su caminata no era sin rumbo, estaba deshaciendo el camino.
Habiendo comprendido el sentido de su andar, tomó sin dudarlo el sendero que recorría en tiempos lejanos hasta su casa paterna con su valijita llena de cuadernos y lápices. Era un camino largo pero lo disfrutó tanto como entonces. Caminaba poseído por una sensación de calma y de profunda sensibilidad para captar los más mínimos detalles que lo rodeaban: los distintos follajes de los árboles, la variedad de arbustos, las diferentes especies de pájaros que revoloteaban a su alrededor, los montes y casas lejanos que ahora le parecían más lindos y coloridos.
Desde lejos reconoció la avenida de eucaliptos que llevaba al casco de la vieja estancia y después al puesto donde se había criado, pero no quiso llegar hasta allí. No encontraría a sus padres. Hacía mucho que no estaban. Prefirió ir a la laguna adonde se escapaba las siestas para tirarle hondazos a los patos y gallaretas. Cuando llegó al borde ya estaba bastante oscuro y rindiéndose al cansancio, que antes no había sentido, se acostó. Se quedó mirando el cielo y notó como éste, al ennegrecerse iba haciendo aparecer más y más estrellas, tantas como nunca había visto. El tiempo fue pasando y Rojas descubrió que cada vez lo acompañaban más cosas: el mugido de las vacas, lejanos relinchos, el rechinar de las aspas del molino, el croar de las ranas. Sintió que se estaba yendo en ellos: en el viento, en la humedad de la tierra, en el olor del pasto. Cada una de esas cosas se estaba quedando con algo de él, estaba volviendo a Dios.
Y así se nos fue don Rojas.

Martín
sep/oct. 2006

Conejo solitario

Solo hay conejo

viernes, 7 de enero de 2011

Reyes para Isa

Y, las señoras nunca pierden la ilusión de los zapatitos.

martes, 4 de enero de 2011

El salto



Sentado en el banco, chorreando y envuelto en el vapor del agua climatizada y clorosa de la pileta, esperó su turno todo lo relajado que pudo. Al escuchar por los parlantes su nombre y la descripción del salto que iba a ejecutar, se paró y caminó por delante de sus competidores hacia la escalera del trampolín de tres metros. Comenzó a ascender tomándose de las dos barandas con toda la gallardía que se lo permitían sus nervios, el pecho bien abierto, la cabeza erguida y la mirada en el infinito.
En la primera prueba de la serie no lo habían calificado como esperaba. Ahora les mostraría quién era, se había entrenado mucho tiempo repitiendo una y otra vez este salto.
Al pisar la angosta tabla avanzó hasta detenerse en la marca. Allí se quedó inmóvil en posición marcial esperando que le dieran la orden para saltar.
Hizo un repaso mental de las diferentes acciones que tendría que realizar en rápida sucesión: inclinar el cuerpo hacia adelante, tomar carrera, un metro antes del final del trampolín saltar hacia arriba y adelante para caer con precisión sobre el extremo, descargar su peso y al ser impulsado, armar la figura, sostenerse en el aire durante unos instantes y luego, cuando la gravedad lo venciera, prepararse para entrar en el agua con los brazos hacia adelante tratando de no provocar salpicaduras. Hasta ese detalle contaba al momento de la calificación.
Sonó el silbato y en el recinto de la pileta cubierta se hizo un tenso silencio. Contempló el rectángulo azul de agua que lo esperaba allí abajo y sintió que cientos de pares de ojos lo seguían con la mirada. Pero eran otras miradas las que lo perseguían, aunque esas no estaban afuera sino dentro de él. Eran las que lo interrogaban sobre su personalidad. Se veía diferente de sus compañeros, no de todos pero si de la masa, no le gustaban la “vuelta al perro”, ni “los picaditos”... Prefería correr en bicicleta, sentir la velocidad, el viento sobre su cuerpo, bucear debajo del agua y encontrar monedas y piedritas arrojadas por él mismo, aguantar la respiración hasta que el corazón comenzaba a latir de forma distinta y también saltar desde el trampolín... ¡Ah!, qué bien se sentía flotando por unos instantes en el aire para luego precipitarse hacia el agua y alcanzar nuevamente esas profundidades que tanto le gustaban. Le inquietaban esas diferencias y se sentía juzgado por ellas. ¿Por quién? Sin duda por él mismo.
Comenzó con su salto. Redobló como nunca antes su impulso en el momento de elevarse para caer sobre el trampolín. Sintió como la tabla se flexionaba y gemía bajo su peso hasta el máximo que le permitía la madera. Salió despedido hacia el techo y sintió que volaba, arqueó su cuerpo con sus brazos en cruz y las piernas extendidas y miró hacia lo alto. La figura siguió viaje hacia el agua mientras su ser se elevaba. Ascendió más allá de las miradas, más allá de los árboles y edificios, vio el cielo y disfrutó del calor del sol sobre su piel. Una gran placidez lo envolvió y se sintió tranquilo y feliz. Estaba más allá de todas esas tonterías que lo atormentaban.
Así, seguro de sí mismo, pudo entrar al agua, entero.
Conforme con su salto, no pudo escuchar desde la profundidad los aplausos que no dudaba había provocado. Ya no le hacían falta.

 Martín
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Creditos: La ilustración es un collage de una pintura de David Hockney y “ojos” fragmento de una obra de la artista plástica Josefina Laborda.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Lejano domingo



Este fue un regalo de cumpleaños que le hice a Josefina, en recuerdo de aquellos domingos en que la llevaba de acompañante cuando iba a jugar al tenis. La pobre se quedaba jugando juiciosamente con el polvo de ladrillos al borde de la cancha ¡2 horas! ¡Divina!